Publicado en: "Generación M" de Milenio Diario, no. 10, 18 de agosto
de 2006.
Hoy en día ningún invento o idea parece novedoso, pues
la tecnología y la ciencia corren a tal velocidad que ya no nos percatamos de
sus adelantos. Cuando aparece un proyecto nuevo otro ya lo ha superado. ¿Acaso
hemos perdido la capacidad de asombro?
Cuando
yo era niña, y de eso no tiene mucho, las creaciones humanas se celebraban con
gusto; la aparición de la videocasetera BETA llegó al mercado para quedarse y,
aunque no nos dimos cuenta, la evolución de este componente, ahora ya de la
vida diaria, fue cambiando poco a poco hasta dar paso a la conocida VHS y,
posteriormente, al DVD. Los niños de mis tiempos, es decir, de los años 80’s
nos emocionábamos al darnos cuenta que podíamos ver películas en la comodidad
de nuestra casa. Sin embargo, el cine seguía siendo el entretenimiento por
excelencia de chico y grandes, claro está, en salas pequeñas, con asientos incómodos
y chicles pegados al piso, pero al fin y al cabo divertido. No conocíamos los cines
de sensaciones, lejos estaba de nuestra imaginación concebirlos siquiera.
Ahora
los tiempos han cambiado tanto que nosotros nos seguimos asombrando, pero
nuestros hijos y sobrinos han perdido esa magnífica sensación. Por ello decía
yo que hoy en día ya nada es novedoso, ya nada nos sorprende. ¿Qué nos estará
pasando?, más bien, ¿qué les está pasando a los inventores? Será que la
globalización nos ha pegado a tal punto, que existen tantas ideas qué tienen la
oportunidad de realizarse todas al mismo tiempo, porque yo recuerdo que cuando González
Camarena quiso patentar la televisión a color tuvo que partir a los Estados
Unidos para que alguien creyera en su invento y paso tanto, pero tanto tiempo
en que los mexicanos la pudiéramos disfrutar, que era un orgullo decir que se
conocía a alguien que había comprado uno de esos aparatejos.
Últimamente
hasta yo he perdido esa capacidad, sobretodo cuando transito por los pasillos
de las tiendas departamentales y veo los aparatos de sonido y las televisiones
que se han convertido en artefactos de unos cuantos centímetros de espesor,
llenos de colores chillantes que llaman la atención a simple vista. Y como las
casas futuristas están a la vuelta de la esquina, con pantallas en todas las
habitaciones, focos que prenden y apagan con una escueta orden, refrigeradores
que se autorellenan, filtros solares
y una gama interminable de comodidades para que no tengas que salir de ellas, me
sorprende que hasta la fecha no nos hayamos vuelto todavía en seres autómatas. En
fin, lo único que nos queda es seguirles el ritmo, adaptarnos a las
circunstancias y evolucionar como los niños o los extraterrestres, porque el
futuro no sólo corre sino que vuela y… no nos espera.
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