Publicado en: Revista Letras Históricas, División de Estudios Históricos y Humanos-Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades-Universidad de Guadalajara, núm. 6, primavera-verano 2012, pp. 117-136. ISSN 2007-1140
Resumen[1]
De un tiempo a la fecha ha
aumentado el interés entorno a las
publicaciones femeninas, quizá como parte de una nueva metodología en los
estudios sobre las mujeres, tal vez como una necesidad de utilizar nuevas
fuentes historiográficas. Dentro de estos distintos tipos de abordajes se ha
desatado una serie de interrogantes en materia educativa que nos han permitido saber
por qué las mujeres no tuvieron el mismo acceso que los hombres a la
instrucción superior. A finales del siglo XIX, La Mujer Mexicana fue la
primera revista editada por universitarias y preocupada por difundir su ideario
entre las mujeres de diferentes estratos sociales a través de discursos
feministas que abogaban por la emancipación en materia educativa.
Abstract
From time to time, the interest in
publications around women has increased, perhaps as part of a new methodology
in studies on women, perhaps as a need for new historical sources. Within these
different types of approaches it have been unleashed a series of questions on
education that have allowed us to know why women did not have the same access
as men to higher education. In the late nineteenth century, La Mujer Mexicana was the first magazine
published by college women and concerned to spread its ideology among women
from different social strata through feminist discourse that advocated
emancipation in education.
Palabras claves
Domesticidad, Igualdad, Maternidad, Feminismo,
Colectividad
Introducción
La investigación que presento a continuación hablará del debate suscitado a
raíz de la inscripción de las primeras mujeres a los estudios profesionales. La
aparición en escena de la odontóloga Margarita Chorné, titulada en 1886, abrió
la puerta a otras tantas jóvenes que vieron en la instrucción universitaria una
nueva forma de vida. Aprobaciones y desaprobaciones se hicieron sentir en la
opinión pública de la época, que apoyaba o criticaba severamente la incursión
femenina en la esfera universitaria, sitio exclusivamente masculino hasta ese
momento.
Esa primera generación de
mujeres profesionistas, junto con una anterior de intelectuales defensoras de
los derechos femeninos, fundaron en 1904 la primera revista feminista[2]
en la ciudad de México. Editada por “señoras” y “señoritas”, La Mujer Mexicana (1904-1907), título de
la publicación, subsistió durante tres largos años, en los cuales sus
articulistas abogaron por una educación que permitiera a las mujeres acceder a
la modernidad y al progreso nacional y también lucharon por la reivindicación
de sus derechos civiles; sus ideales llegarían a culminar con la creación de la
Sociedad Protectora de la Mujer, fundada en 1905, en defensa de sus congéneres.
Las demandas y logros de
esta colectividad serán tema de interés en las siguientes páginas, por ello
deseo abordar, por un lado, la historia de la publicación en cuestión y por el
otro, la educación femenina durante el siglo XIX. Mi principal interés estará
puesto en las publicaciones femeninas como medio de instrucción y difusión de
ideas, así como en el discurso feminista que buscaba la emancipación por medio
de la educación y en los conceptos de masculinización, domesticidad, igualdad,
maternidad y trabajo que se discutieron en las páginas de dicha revista.
Si el porvenir de la mujer es casarse…
¿para qué estudiar?
Si la mujer era el
escaparate del marido, no se necesitaba que recibiera una educación esmerada.
La instrucción que se impartía en casa para las mujeres estaba relacionada con
el aprendizaje de las normas establecidas para comportarse en sociedad. Ejemplo
de ello es la obra La Quijotita y su
prima, del literato mexicano José Joaquín Fernández de Lizardi,[3]
tratado moral que proponía fórmulas pedagógicas para la correcta orientación de
las hijas. En ella el Pensador Mexicano
subrayaba la importancia de la educación en el hogar, la cual enseñaba a las
jovencitas las normas fundamentales sobre el matrimonio y la maternidad. A su
vez, reconocía que las mujeres estaban dotadas de un intelecto que se debía
desarrollar, claro está, sin rebasar el límite establecido, añadiendo: “yo
estoy muy lejos de persuadir que se hagan las mujeres estudiantes. A la verdad
que no han nacido sino para ser esposas y madres de familias. En sabiendo
cumplir con estas obligaciones, seguramente serán mujeres sabias en su clase y
utilísimas a la sociedad”.[4] Por
supuesto, un sector mayoritario de la población compartía sus ideas.
En la primera mitad del siglo XIX, las costumbres
hogareñas eran más bien conservadoras, pues las corrientes de pensamiento
avalaban la doctrina católica como fuente de conocimiento, despreciando “la
conveniencia de la instrucción académica y humanística”;[5] la
mujer no necesitaba de “una instrucción especializada para desempeñar
debidamente su papel maternal, puesto que su función no era la de enseñar una
carrera científica a sus hijos. Sus funciones magisteriales se reducían a ser
modelo, a ser imitada sólo en las virtudes, a repetir lo que ella misma había
aprendido, ‘una especie de libro donde ellos lean constantemente’”.[6] En
ese punto la educación femenina difería de la masculina: ellas inculcaban el
saber moral y religioso, mientras que ellos se encargaban de la razón, de los
conocimientos exactos. ¿Para qué querría una mujer adquirir ese tipo de
erudición?
La proliferación de revistas
femeninas dan cuenta del interés que se tenía por encaminar correctamente a las
mujeres, pues la mayor parte de sus artículos eran pedagógicos. El inexistente sistema
escolarizado a principio del siglo XIX convirtió a periódicos y revistas en un
medio de información y educación indispensable para las que deseaban
cultivarse, pero también fueron la mejor plataforma para aquellas opiniones en
contra del avance de su instrucción. Por ejemplo, hacia 1848, en la Revista Científica y Literaria se
afirmaba que “la educación de la mujer no [debía] ser científica, ni
profesional. Su corazón [debería] ser ante todo formado con toda
escrupulosidad, y para esto no [había] mejor mano que la de una madre”.
Indignado, el autor continua diciendo: “si queremos hacer de la mujer un
personaje pedante, propio sólo para empalagar a los que tengan la desgracia de
acercársele, este es el camino más breve; porque yo no conozco nada más fuera
de su lugar, que una boca de púrpura, [con] una indigesta erudición”.[7]
Al mismo tiempo, existió otro grupo
de opinión en el cual se insertaban hombres y mujeres preocupados por la
emancipación educativa del denominado sexo
débil. En el Semanario de las
Señoritas Mejicanas de 1841 se leía: “Es evidente, pues, la necesidad que
hay de reformar el sistema de educación de las mujeres en nuestra República.
Mientras ellas permanezcan extrañas a las ocupaciones de sus padres, hermanos,
maridos o hijos, es de temerse que vivirán en un aislamiento fastidioso y
perjudicial a los progresos del arte, de las ciencias y de la dulzura de las
costumbres”[8].
Ya
desde la década de los veinte del siglo XIX algunas mujeres apelaban al
gobierno por el establecimiento de escuelas femeninas en las cuales pudieran
recibir una instrucción esmerada que les permitiera convertirse en buenas
esposas y madres. Ese sería el principio de la revolución educativa femenina,
de aquí en adelante se fueron librando los obstáculos, hasta alcanzar la
anhelada profesionalización; sin embargo, tardó todo un siglo en verse los
resultados.
Para que el mundo avance, habrá que educar a la mujer.
La historiadora Lourdes
Alvarado asegura que, a lo largo del siglo XIX, se pugnaba “por transitar de la
antigua educación cristiana que hasta entonces había predominado en la
formación de las mexicanas, a una nueva propuesta. Ésta debería dotar a las
mujeres de una educación cívica de corte republicano impregnada del espíritu
laico que a capa y espada se intentaba imponer desde la cúpula del poder”.[9]
Gracias al pensamiento liberal de algunos pensadores y políticos, se lograron
algunos avances en la trayectoria educativa de las mexicanas.
Con el fin de fortalecer la unidad
familiar, preámbulo del deseado progreso, se dieron los primeros pasos para
integrar al género femenino a la escuela laica, al conocimiento útil y al saber
científico. Fue así como las jóvenes capitalinas empezaron a ser incluidas en
los planes educativos oficiales de nivel secundario a partir de 1868,
brindándoseles una instrucción considerada superior
a la de tipo elemental que existía para ellas desde la Colonia. El hecho era
particularmente novedoso, a tal grado que en el estudio de Alvarado, La educación ‘superior’ femenina…, se
indica que entre 1891 y 1900 el número de alumnas en la Escuela Nacional
Preparatoria fue aumentando progresivamente hasta alcanzar la cifra de 58
jóvenes inscritas y, aunque la mayoría no permanecieron más de dos años en sus
instalaciones, existieron también las perseverantes que alcanzaron el diploma y
un grado profesional.[10]
No fue sino hasta 1887, cuando Matilde Montoya[11] se
convirtió en la primera mujer que obtuvo el título de medicina en la Ciudad de
México. Además, entre 1886 y 1898, se graduaron las primeras cirujanas y
abogadas del país, como fue el caso de María Asunción Sandoval de Zarco,[12] que
presentó su examen profesional en 1898 en la Escuela Nacional de
Jurisprudencia. Uno de los ministros de Instrucción Pública del Porfiriato,
José Díaz Covarrubias,[13] afirmaba
que de las carreras profesionales para mujeres en el siglo XIX, las
predominantes eran la obstetricia y la enseñanza, mismas que la mayoría de las
veces se ejercían sin título profesional. Sin embargo, en un artículo sobre las
pioneras de las carreras liberales, Lourdes Alvarado indica que entre 1880 y
1900 se expidieron 39 títulos profesionales en diversas áreas, de los cuales 28
correspondía a medicina, 6 a farmacia, 2 a derecho y 3 a ingeniería, telegrafía
y notaría. [14] Estas cifras nos
demuestran que, con el paso del tiempo, las mexicanas se fueron abriendo brecha en un mundo hasta
entonces considerado como totalmente masculino.
¡Hágase la luz! La lectora de revistas
femeninas
Viendo estas cifras
suponemos por qué algunas mujeres se interesaron por defender su derecho a la
educación y, sobre todo, su deseo de alcanzar un título profesional como
cualquier estudiante universitario. Como pudimos observar en párrafos
anteriores, la aparición de una instrucción profesional para las mujeres se dio
hasta la segunda mitad del siglo XIX; antes de a esta época la mayor parte de
ellas sólo tenían acceso a conocimientos útiles y prácticos que, si no
adquirían las más afortunadas a través de la madre o de un tutor, lo hacían por
medio de la prensa. Por supuesto, estamos hablando de un sector determinado de
la población femenina, el cual se caracterizaba por largas horas de ocio y
recursos económicos suficientes para comprar dichas publicaciones. La
“escritura femenina” y el “tiempo libre” se convirtieron en un sistema de
expresión, arma que después se tradujo en la construcción de una identidad de
género. De hecho, la escritora Lilia Granillo afirma que aquellas que tuvieron
la oportunidad de ser publicadas lo lograron gracias a que se ajustaron a los
cánones literarios de la época, traducidos en “cosas amenas y agradables para
las mujeres”.[15] En las sociedades
industrializadas decimonónicas cada vez que había periodos de paz, el ocio se
manifestaba como un sinónimo de modernidad para una clase determinada, pues lo
que para la burguesía se traducía en tiempo libre, para el pueblo era sinónimo
de vagancia. Estos momentos de conciliación también significaron una
oportunidad de expresión escrita femenina, por lo que fue lógico que durante el
Porfiriato, etapa de relativa paz, el número de publicaciones periódicas
dedicadas y escritas por mujeres se multiplicaran.
La mayor parte de los autores consultados nos hablan
de dos etapas decisivas en la historia de la prensa femenina en México: por un
lado encontramos las décadas de 1830 a 1850, en las cuales aparecieron
publicaciones que trataron de instruir a la mujer por medio de consejos útiles,
deseando que se convirtiera en buena esposa y madre ejemplar, a través de la
literatura, la ciencia, la historia y el arte… todas publicaciones enfocadas al
entretenimiento del bello sexo e
interesadas por el desarrollo de sus capacidades físicas e intelectuales.
Por otro lado, se localizan las publicaciones
inauguradas en los últimos años del siglo, dirigidas y redactadas por mujeres.
En su mayoría, estas obras brindaron especial atención a la literatura y al
ensayo de opinión, donde se abordaban principalmente temas relacionados con la
identidad femenina, consejos domésticos y el papel social de la mujer.[16]
Existe otro grupo de especialistas que nos habla de la participación femenina
durante los primeros años del XIX, en la cual intervinieron como lectoras y,
raras veces, como escritoras de algunos artículos dedicados a sus congéneres en
publicaciones de divulgación general.[17] En
esta primera etapa ya se empezaba a notar la presencia de la educación como un
tema de discusión, donde se abogaba por una instrucción formal para las
mexicanas.
La intención de todas las publicaciones periódicas
dedicadas a las mujeres era captar su atención como público lector, a fin de
que por medio de sus páginas pudiesen instruirse y entretenerse con lecturas
“acordes con el gusto femenino”, que se encontraba estrechamente relacionado
con el desempeño de su papel doméstico y moral. Por ese motivo, entre sus páginas
se ofrecían secciones literarias, musicales, artísticas, religiosas,
históricas, de belleza y hasta científicas.[18] Este
nuevo pasatiempo poco a poco permitió la sociabilidad del sector femenino.
Sabemos que este fenómeno no sólo se dio en México:
de hecho, Martín Lyons y Roger Chartier, aseguran que durante el siglo XIX en
casi toda Europa surgió una revolución cultural que involucró a nuevos sectores
de la población, entre los cuales se encontraban las mujeres. Lyons enfatiza
que estas publicaciones “fomentaron la difusión de cierta subcultura propia del
público femenino”,[19]
convirtiendo a las novelas, los libros de cocina, las revistas de moda y
algunas literarias en un pasatiempo mal visto, pues ninguna mujer debía
descuidar sus obligaciones domésticas por ese tipo de entretenimiento. Lyons
nos habla de una clara relación entre clase y afición a la lectura, pues
comenta que la mayor parte de los sectores sociales tenían restringido lo que
podían leer; tanto las lecturas de las trabajadoras como las de las
aristócratas debían ser supervisadas por los hombres. Las primeras, para que no
adquirieran conocimientos políticos que les permitiera asociarse en pro de sus
derechos laborales y, las segundas, para que no alentaran sus deseos de
libertad. Sin embargo, existió otro grupo que llegó a adquirir grandes
beneficios de esta revolución cultural: las mujeres de clase media, quienes
tuvieron la posibilidad de evadir la restricción e incluso convirtieron a las
bibliotecas públicas en parte de su esfera doméstica.[20]
La libertad intelectual que fue adquiriendo la mujer de
esta clase se unió a las posibilidades económicas y de instrucción de sus
congéneres de las clases acomodadas, lo cual les facultó para convertirse en el
grupo pionero que intervino en la edición y redacción de las publicaciones
dedicadas a las de su mismo sexo durante la República Restaurada y el
Porfiriato en México.
Las “nuevas categorías de lectores”, término acuñado por
Chartier,[21] dieron una innovadora
dimensión al mercado de las publicaciones y abrieron un campo de interés para
las mujeres que les gustaba expresarse por medio de la escritura. Durante ese
siglo, esta disciplina les brindó una subsistencia digna, pues era mejor
ganarse el pan por medio de la pluma que a través de otras actividades que
pudieran denigraran su integridad y pudor. Su entrada al mundo público y los
primeros principios de igualdad con el sexo opuesto permitieron a las mujeres
que gozaban de una mayor instrucción abrirse paso en el mundo de las letras.
Esta nueva forma de expresión les dejó abogar por sus derechos, empezar a
hablar de los principios de emancipación ya acuñados en otros países y,
principalmente, conformar una colectividad que empezó a ver por ellas mismas,
asumiendo su individualidad dentro de la sociedad. La Mujer Mexicana, se convertiría en una de esas voces de difusión.
En pro de la intelectualidad y la perfección
En 1904 salió a luz pública La Mujer Mexicana que, en palabras de la
escritora Anna Macías, fue la primera revista de corte feminista que se editó
en el país, pues gracias a esta se desarrolló un incipiente feminismo.[22] Su
lema indicaba que estaba dirigida, redactada y sostenida por “señoras” y
“señoritas”. De hecho, en los tres años de su existencia, 59 mujeres
colaboraron en sus páginas.[23]
Todas ellas luchaban a favor de la ilustración femenina a través de “artículos
netamente originales”[24] que
hablaban de ciencias naturales, sociales, literatura y variedades.
La historiadora Lucrecia Infante comenta que sus páginas
fueron un punto de contacto entre las mujeres que habían colaborado en revistas
previas, como fue el caso de El Álbum de
la Mujer y Violetas de Anáhuac y
que, por ese motivo, sus artículos intentaron retomar demandas expuestas en
esas publicaciones. Por otra parte indica que, a diferencia de las anteriores, La Mujer Mexicana le dedicó poco espacio
a la literatura, pues su principal preocupación era atender las demandas
civiles y sociales que pugnaban por mejores condiciones laborales, la reforma
del Código Civil de 1884, que toleraba la poligamia y negaba a las mujeres el
derecho a disponer de sus propiedades personales, y la difusión de las nuevas
posibilidades de acceso a una mayor instrucción femenina.[25]
La revista se convirtió en un vínculo entre las
redactoras y un público lector muy específico, pues en su artículo inaugural la
maestra normalista Dolores Correa Zapata,[26]
directora de la publicación para ese año, le hablaba a la mitad de la
humanidad, a las mujeres que tenían la posibilidad de convertirse en jueces o
médicos en pro del progreso humano. Esas personas debían estar auxiliadas por
un solo poder: la prensa. El grupo de Correa pretendía reclamar el
reconocimiento de su lugar como mujeres dentro de esa humanidad; ese fue “el
deber y el derecho de la mujer mexicana, para la cual fundamos esta
publicación” —decía Correa.[27]
Habrá que destacar que la autora se refería al término
mujer como un todo al momento de escribir su discurso, pues reconocía a la mujer mexicana como parte activa de la
sociedad a través de las profesoras, las madres intelectuales, las viudas, las
heroínas y las jovencitas que aun se encontraban en sus abriles. Al final del
texto invitaba a las mujeres a unirse al progreso del país; esa perspectiva
patriótica que subyace en el discurso del artículo se verá plasmada
posteriormente en las biografías de mujeres profesionistas que se publicaron en
la revista a lo largo de sus números y evidenciaron su lucha en pro de una
igualdad educativa que, para la época, “era un sinónimo inequívoco de
progreso”.[28]
Dolores Correa invitaba a sus lectoras a ampliar sus
horizontes pues confiaba en que su clara inteligencia les permitiría tener “un
ideal para mañana”, “un fin en nuestras vidas”.[29] En
todas sus publicaciones, intentaba promover la superación de las mexicanas a través
de una educación científica y cívica adecuada y, principalmente, por medio de
la prensa que, para ella, era el más poderoso auxiliar de la instrucción
femenina. “Correa se distinguió como una luchadora que pugnó por inculcar a las
mujeres de su tiempo distintas perspectivas, valores y condiciones de vida”;[30] sin
embargo, muchas de sus ideas, como las de sus compañeras, se batieron entre los
viejos y los nuevos principios de su tiempo.
Una de las más importantes metas de la revista era
dignificar el trabajo de la mujer. En un artículo por entregas, Manuela
Contreras[31] enfatizaba su
preocupación por las críticas suscitadas en contra de la entrada de las mujeres
al mundo público a través del trabajo asalariado. Tanto “el temor de perder la
compañía del hogar” como el “encontrar un rival para el trabajo” fueron los
puntos a discutir en el texto. La autora defendía la domesticidad de la mujer
trabajadora y negaba que pudiera perder sus cualidades maternales, pues en sus
propias palabras argumentaba que este modelo femenino: “sabrá educar a hijos
menos afeminados y compartirá con el hombre todo lo que
constituye su medio, es decir, será su compañera moral e intelectual”. Esta última idea nos indica que en el artículo de
Contreras se encontraba presente el discurso de igualdad entre los sexos, en el
cual las mujeres se colocaban a la par que los hombres en inteligencia, aunque
conservando el ideal de domesticidad femenina por medio de su papel como esposa
y madre. Y lo confirma con la siguiente frase: “No, señores, la mujer será
siempre mujer; el amor la hará doblegar a su voluntad hacia el ser amado, y la
esposa y la madre serán siempre cumplidas para el hogar y para los hijos; una
cosa es el sentimiento y otra la defensa, el aprovisionamiento en la lucha por
la existencia”. [32]
La propuesta de Contreras era que la
mujer se igualara al sexo opuesto en derechos, más no que se masculinizara, ya
que el poder intelectual no
debilitaba su papel como madre y esposa, pues no deseaban abandonar sus roles,
sólo modificarlos para luchar por su manutención económica. Posteriormente, la
autora indicaba que para ella el feminismo no era “el abandono de las
gracias naturales y características de la mujer. La emancipación de la mujer
consiste en la educación de todas sus facultades que la hagan apta para
subsistir por sí sola, en caso necesario; en el ámbito del trabajo, ese gran
lábaro de toda sociedad”. Por tanto, la forma más sencilla para alcanzar la
libertad intelectual estaba íntimamente relacionada con la independencia económica,
más no con la pérdida de las virtudes que caracterizaban a la feminidad.
Además,
abogaba porque las mujeres pudieran casarse a una edad más avanzada, después de
haber cursado una educación consistente y para que, a partir de los 20 años,
empezaran a considerar el matrimonio como parte de su porvenir. Por otro lado,
planteaba el problema de las necesidades económicas de viudas y solteras, así
como de las mujeres de clases baja y media, que debían trabajar para apoyar al
gasto familiar. Para ella, sólo había una solución posible: la emancipación
femenina a través del hogar y la educación, binomio perfecto de la ideología de
la revista. Una educación “sólida y práctica” les permitiría ubicarse a la par
del hombre y, de esta manera, tener “abierta la puerta al progreso para esa
mitad del género humano”.[33]
Las colaboradoras de La Mujer Mexicana proponían luchar a
favor de una instrucción igualitaria que respondiera a los criterios de la
época y empatara con el cuidado del hogar. Esther Huidobro,[34]
una de las articulistas, fue más lejos al acusar a los hombres de detener el
avance de sus congéneres haciéndolas parecer, a la larga, desprovistas del
pudor y timidez característicos de su sexo y ocupando completamente los roles
antes destinados a los varones. Es evidente que los discursos asumidos como
femeninos sufrieron un cambio durante el Porfiriato, pues Huidobro exponía que
dicho avance debió servir para que la mujer no se sintiera inferior e incapaz.
Esta última idea es una clara defensa de la diferenciación entre hombres y
mujeres y, al mismo tiempo, un intento por individualizar la existencia
femenina, independizándola del poder masculino.
La mayor parte de las mujeres de este grupo
editorial empezaron a darse cuenta de que pugnar por la igualdad de sus derechos
educativos no eliminaba la posibilidad de luchar en pro de un feminismo
diferenciador que hiciera valer su distinción natural como sexo. De hecho,
varios de los artículos de la revista que abordan el problema educativo eran
optimistas al comentar que la mujer mexicana estaba luchando en contra del
oscurantismo académico, al que se veía sometida.
Otra de sus articulistas acusaba a los “gratuitos
enemigos” que “suponen que la mujer que maneja la pluma y ha abierto sus ojos a
la aurora de la ciencia, tiene, necesariamente, que abandonar su hogar”[35]
y aseguraba que ellas no eran marimachos
incapaces de cuidar de los suyos. Los “enemigos” que las atacaban fueron, por
un lado, “hombres instruidos” que pensaban que las mujeres eran inferiores y,
por otro, otras “damas ignorantes” que temían la pérdida de las dotes
femeninas. La autora proponía incluso que se unieran y se prestasen ayuda las
unas, instruidas, a las otras, desamparadas, aclarando que su idea no era que
abandonaran los cuidados del hogar, “su santuario y refugio”, sino que
demostraran a la sociedad que su tarea era aún más difícil, pues para esos
momentos deberían conjuntar su papel de madres con el de profesionistas o
bachilleras.
Esta lucha se sintetizó en dos importantes ideas: en
primer lugar se encontraba la creación en 1905 de la Sociedad Protectora de la
Mujer, asociación feminista que buscaba su perfeccionamiento físico,
intelectual y moral, así como el cultivo de las artes, la industria y el
auxilio mutuo de sus miembros.[36]
Esta colectividad se propuso proteger a sus contemporáneas más desfavorecidas,
asumiendo un rol cercano a la maternidad social, por medio del establecimiento
de una escuela donde se preparara a costureras y sombrereras.[37]
Por lo visto, para las colaboradoras de la revista, la instrucción que se debía
impartir a las mujeres dependía de su estrato social pues, en el caso de este
plantel, sus educandas sólo podían aspirar a una instrucción técnica que les
abriera paso en el campo laboral.
En segundo lugar vemos cómo a partir de este feminismo doméstico, como he decidido
nombrarlo, se promovió un nuevo ideal femenino, denominado la mujer perfecta, término acuñado por la
escritora Laureana Wright[38]
en Violetas de Anáhuac y retomado por
La Mujer Mexicana para definir como
se deberían concebir las mujeres a principios del siglo XX. Pero ¿qué
necesitaban las lectoras para llegar a esa perfección? Wright lo resume en los
siguientes términos: “fuerza de voluntad, valor moral, amor a la instrucción y,
sobre todo, amor a sí misma y a su sexo, para trabajar por él, para rescatarle
de los últimos restos de esclavitud que por inercia conserva”.[39]
Su postura era tan clara que, incluso, llega a decirnos cómo se podían adquirir
esas características, pues a través del cultivo del alma, de la inteligencia y
del corazón se podía “derramar la luz sobre las generaciones venideras y
combatir osadamente contra las pequeñeces, rutinas, manías, aberraciones,
errores y frivolidades que a manera de entretenimiento se le han proporcionado”[40]
a la mujer. La única forma de luchar contra aquellos defectos era por medio de
la instrucción, por supuesto, según las posibilidades y deseos de cada una de
ellas.
Estoy segura que estas mujeres creían que la
educación proporcionaría un nuevo cambio en sus vidas y permitiría la
emancipación de sus ideas a través de los postulados que se fueron proponiendo
a lo largo de las páginas de la revista. La publicación analizada promovió este
modelo femenino a través de las biografías de una serie de mujeres
profesionistas, que, en su mayoría, dedicaron su vida a la familia y a su
carrera, ya fueran maestras o abogadas. De esta forma, traspasaron los límites
permitidos por el mundo público, no para masculinizarse sino para formar parte
de una modernidad emergente, asumiendo un nuevo papel en la sociedad. A partir
de ese momento fueron adaptando su función como esposas, madres y trabajadoras,
utilizando la “escritura pública” en defensa de sus derechos.
La revista trató de evidenciar que el magisterio, la
medicina e, incluso en ocasiones, el derecho, no rompían con el ideal de
domesticidad, pues el hecho de ejercer una carrera no implicaba que dejaran de
ser femeninas porque ellas tenían en sus manos la “fuerza creadora” y, por
tanto “el porvenir de la humanidad”.[41]
Así es que no sólo debían exigir el derecho a la instrucción, sino también
tenían la obligación de impedir que la ignorancia obstruyera el paso de la
razón, que para esos momentos comenzaba a percibirse como un deber cívico,
puesto que serían las formadoras de los futuros ciudadanos.
Consideraciones
Finales
Para este pequeño sector de mujeres la educación, más allá de los límites
permitidos, significó un cambio que les permitió asumir nuevos roles. La clara
necesidad de independencia en algunos de estos escritos, expresan una primera
etapa feminista en México, la cual hemos denominado feminismo doméstico, pues la igualdad intelectual compartida con el
sexo opuesto no se interponía a la lucha por sus derechos individuales. Este
grupo de mexicanas abogaron por estos principios feministas, no sin antes
recordar a sus lectoras que así como podían ejercer una profesión, también
estaban obligadas a seguir cumpliendo con su deber como esposas y madres. A
nuestro parecer, este cambio es sustantivo, pues sentó las bases necesarias
para la creación de nuevos discursos que comenzarían a imperar a lo largo del
siglo XX, tales como la ciudadanía diferenciada o la maternidad social.
Dolores Correa y Laureana Wright pugnaron por el
derecho femenino a una instrucción universitaria que brindara a la mujer una
mayor libertad de acción, decisión y pensamiento, es decir, independencia. La
prensa fue el medio por el cual pudieron expresarse y enseñar y/o aprender de
sus semejantes. Este nuevo modelo de perfección propuesto por Wright y retomado
por la revista, no sólo nos muestra el reconocimiento de la inteligencia
femenina complementada con el deber ser, sino también de un pequeño rompimiento
entre la tradición y la modernidad.
La representación de la mujer perfecta encarnó justamente esta transición, pues siguió
formando parte de la esfera privada y sentimental, a través del cuidado de los
hijos y la atención al marido, pero también tuvo la oportunidad de acceder al
mundo público y racional de los hombres, por medio del trabajo y la instrucción
más allá de las primeras letras. Es posible que al impulsar este cambio, las
colaboradas de la revista tuvieran la necesidad de exponer sus demandas en pro
del feminismo doméstico, lo que nos
indica que para ellas la prensa no fue tomada como un simple entretenimiento,
sino como una forma de expresión, pues gracias a ésta pudieron hacerse oír y
externar sus demandas a nivel social. Sin embargo, en la práctica, la mayor
parte de estas mujeres no pudieron alcanzar el ideal de perfección expuesto por
Laureana Wright.
Este nuevo ideal femenino fue el mejor pretexto para
iniciar una denuncia pública a favor de una educación más avanzada para las
mujeres. A través de La Mujer Mexicana,
las articulistas dieron a conocer sus demandas y, sobre todo, defendieron su
derecho a la instrucción, no sólo profesional, sino también a otros niveles.
Por otra parte, cabe señalar que este discurso de género hace notar una notable
diferencia de clase, pues a lo largo de las páginas de la revista se hace
evidente que la instrucción brindada a las mexicanas no debía ser igual para
todas, pues el nivel educativo al que podían aspirar se encontraba
estrechamente relacionado con sus necesidades económicas. Por ese motivo, las
colaboradoras de dicha revista propusieron que las pertenecientes a los
sectores populares tuvieran una instrucción técnica que les permitiera
desenvolverse rápidamente a nivel laboral y así, colaboraran con el sustento de
sus familias, mientras que las otras mujeres, las de medianos recursos,
participaran en la consolidación del progreso nacional por medio de una
profesionalización intelectual.
Las opiniones vertidas en la publicación objetaban los límites establecidos a la
instrucción femenina y, aunque no lograron del todo modificar su situación, las
demandas expuestas a lo largo de sus páginas permitió a sus escritoras
utilizar la educación como bandera para
conquistar nuevos espacios dentro de la convivencia familiar y proponer otras
tantas soluciones a una serie de problemas que aquejaban al sexo femenino, como
fueron el derecho al trabajo, la libertad de conciencia, o bien, la propia
emancipación. Por tanto, la profesionalización intelectual presentada por este
grupo de mujeres intentó contribuir a la dignificación de la mujer mexicana dentro y fuera del hogar.
Referencias bibliográficas
Hemerografía:
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Científico Literaria, Consagrada a la Evolución, Progreso y Perfección de la
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[1] La frase emana de la lectura hecha al artículo “El destino de la
mujer” de Agustín Rivero y publicado en la Revista
Científica y Literaria de 1846.
[2] En este caso el término feminismo será empleado como una teoría social
que se ocupa de definir tanto las diferencias como las igualdades entre hombres
y mujeres.
[3] Fernández
de Lizardi fue y sigue siendo uno de los literatos mexicanos más notables de su
época. Nacido en 1776 en la ciudad de México, fundó, en el año de 1812, su
primer periódico: El pensador Mexicano;
de ahí el por qué de su seudónimo. Su lucha intestina en pro de la insurgencia
y las críticas constantes al gobierno hicieron que su obra fuera fecunda, al
tratar de hacerse oír en la mayor parte de los géneros literarios como la
poesía, la fábula, la folletería, el periodismo y la novela, entre otros. Como
novelista, Lizardi inauguró la comedia de costumbres en composiciones con fines
educativos y moralizantes, tales son los casos de El Periquillo Sarniento (1816) y La Quijotita y su Prima… (1819). Fernández de Lizardi, La Quijotita y su prima, pp. VII-XIX;
Alboukrek, Diccionario de escritores,
pp. 117-119.
[6] Torres Septién, “La educación informal”, p. 120.
[7] Tuñón, El álbum
de la mujer, pp. 65-66.
[11] Matilde
Petra Montoya nació en la ciudad de México el 14 de marzo de 1857; su madre,
Soledad Lafragua, la impulsó para que alcanzara un grado profesional. Aunado a
ello, las ambiciones de la jovencita la llevaron a adquirir el título de médico
cirujano. Se cuenta que llegó a tener un enorme prestigio y una vasta clientela
al recibirse como partera a tal punto que, en Puebla, lugar de su residencia,
sufrió la oposición de los médicos, quienes la calumniaron y difamaron,
obligándola a abandonar dicha ciudad para ir a radicar a Veracruz. Aunque pudo
volver a la capital de la República y continuar sus estudios hasta titularse en
1887, algunos sectores de la sociedad siguieron considerándola un peligro.
Gracias a su tesis, la Escuela Nacional de Medicina instituyó una nueva cátedra
y especialidad titulada Bacteriología. Ejerció su carrera hasta que los
achaques de la vejez le obligaron a abandonarla a los 73 años de edad. Poco
tiempo después, en 1938, falleció en el barrio de Actipan, municipio de
Mixcoac. Sobre la vida de Montoya se puede consultar a Wright, Mujeres notables mexicanas, pp. 529-534;
Alvarado, “Matilde Montoya”, pp. 70-74; Carrillo, Matilde Montoya, entre otras obras generales.
[12] Nacida en la ciudad de México, Sandoval ingresó a la
Escuela Nacional de Jurisprudencia en 1892 y siete años después de haber
obtenido el título de abogada, empezó a ejercer su oficio penal defendiendo,
principalmente, a algunas mujeres en los tribunales. Es posible que haya
colaborado de forma económica para la creación de la revista La Mujer Mexicana, puesto que formó
parte de su consejo editorial y fue presidenta de la mesa directiva de la
Sociedad Protectora de la Mujer más no articulista. Hacia 1925participó como
ponente en el Congreso Internacional Feminista. Para mayor información puede
revisarse: Cano, “Género y construcción
cultural”, pp. 236-241; Alvarado, “‘Abriendo brecha’”, pp. 16-17 (una nueva versión de
este artículo se encuentra contenida en www.biblioweb.dgsca.unam/diccionariodehistoriadelaeducacionenmexico);
Lira, “La primera abogada mexicana”; González
Jiménez, “Dolores Correa Zapata”, pp. 34,
39, 43-44, 49.
[13] Abogado liberal nacido en Xalapa, Veracruz en 1842,
fue diputado en varios periodos y ministro de Justicia e Instrucción Pública
durante las presidencias de Benito Juárez y Sebastian Lerdo de Tejada. Gestionó
el establecimiento de la penitenciaría y fue partidario de la educación laica,
obligatoria y gratuita. Escribió La
Instrucción Pública en México en 1875 y tradujo el Tratado de Derecho Internacional del alemán Bluntschill, que sirvió
como libro de texto durante varios años a la Escuela Nacional de
Jurisprudencia. Murió en la ciudad de México en el año de 1883. Diccionario Porrúa, v. 1, p. 896.
[14] Díaz Covarrubias, La instrucción
pública en México, p. CXCI; Alvarado, “‘Abriendo brecha’”, pp. 13-14.
[15] Granillo Vázquez, “Escritura femenina y tiempo libre”, p. 30.
[16] A continuación se presentan diversos artículos sobre
la prensa femenina en México: Ruíz Castañeda, “La mujer mexicana”, pp. 207-221; Hernández Carballido, “La prensa femenina en México”,
pp. 47-62; “Toward a history of women’s”, pp. 173-181; Rodríguez Arias, “Del Águila
Mexicana a La Camelia”; Infante Vargas,
“De lectoras y redactoras”, pp. 183-194.
[17] Para mayor información sobre el tema consultar: Hernández Carballido,
“Las pioneras”, pp. 45-47; Alvarado, “La prensa como alternativa educativa”,
pp. 267-284; Pereda, “De las ‘damas melindrosas’”, pp. 160-180.
[24] Anuncio publicado en 1905 promoviendo la revista, citado en Infantes Varga, “Ideas,
tinta y papel”, p. 64.
[26] Dolores Correa Zapata nació en Teapa, Tabasco, el 23 de febrero de
1853. Muy joven dirigió, junto con su madre, el Colegio María, pero sus problemas de salud la obligaron a
trasladarse a la capital donde presentó el examen para titularse como profesora
de instrucción secundaria en 1884. Su llegada a esta ciudad le permitió
participar en una antología elaborada por Vicente Riva Palacio y Manuel
Altamirano con algunos poemas. Un año más tarde, Correa se vinculó con el grupo
de trabajo que editaba la revista Violetas del Anáhuac, contribuyendo
con algunos textos. Sus primeros escritos acerca de la educación fueron
publicados en la revista que dirigió su hermano Alberto y Félix F. Palavicini
llamada La Miscelánea del Pueblo. Ingresó a trabajar en la Normal de
Profesoras en 1889, primero como bibliotecaria y después como subdirectora de
la primaria anexa a la Normal. También fue maestra de la materia Economía
Doméstica en la misma institución, clase que impartió durante catorce años.
Publicó varios libros y poemas, a su vez fue articulista en algunos periódicos
de la República, la mayor parte de ellos vinculados con la instrucción pública.
Por problemas de salud, Dolores dejó la dirección de La Mujer Mexicana en
1905. En sus últimos años de vida, se dedicó a escribir un libro de texto para
la Primaria de Obreras, hasta que la muerte la alcanzó en 1924. González
Jiménez, “Dolores Correa Zapata”; Alvarado, “Dolores Correa Zapata”, manuscrito.
[31] Egresada de la Normal de Jalapa como profesora de instrucción
secundaria, Contreras fue maestra y directora de la primaria anexa a la Escuela
Normal de Profesoras de la ciudad de México. También colaboró, hacia 1905, en
la revista La Enseñanza Normal.
González Jiménez, “Dolores Correa Zapata”, pp. 39-40, 49.
[34] Esther Huidobro de Azúa fue una de las exalumnas más destacadas de
Dolores Correa, sus estudios en la Escuela Normal de Profesoras le granjearon
un puesto como profesora de primeras letras en la escuela primeria adjunta a
dicho establecimiento, en el cual figuró también como subdirectora. A
principios del siglo XX, fungió como vocal de la mesa directiva de la Sociedad
Protectora de la Mujer y junto con Dolores Sotomayor, María Arias Bernal y
Eulalia Guzmán organizó el Club Femenino Lealtad, que se opuso en 1908 a la
reelección de Porfirio Díaz. En 1925 participó en el Congreso Internacional
Feminista que se llevó a cabo en la Escuela de Ingeniería de la capital.
González Jiménez, “Dolores Correa Zapata”, pp. 39-40, 43-44, 47, 49.
[38] La escritora Laureana Wright González que nació en la ciudad
guerrerense de Taxco en 1847, contó con una prolífica obra literaria y
periodística. A partir de 1887 fue directora de la revista para mujeres Violetas de Anáhuac, también colaboró
como redactora de El Álbum de la Mujer.
Su defensa en pro de los derechos femeninos la llevó a escribir tres libros: La
emancipación de la mujer por medio del estudio en 1891, Educación errónea de la mujer y medios para
corregirla un año después y Mujeres
notables mexicanas, publicado en 1910. Asimismo sus incursiones literarias
no sólo le permitieron pertenecer a varios círculos intelectuales, sino que
crear la Sociedad Literaria Hijas de Anáhuac. Wright murió a los 49 años de
edad en 1896. Sobre el tema puede consultarse lo siguiente: Monges, “El género
biográfico”, pp. 357-378; Infante Vargas, “De espíritus, mujeres e igualdad”,
pp. 277-294; Alvarado, Educación y
superación femenina.

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