miércoles, 3 de octubre de 2012

“La erudición de las bocas color púrpura”. Defensa pública en torno al derecho de educación femenina en la revista La Mujer Mexicana



Publicado en: Revista Letras Históricas, División de Estudios Históricos y Humanos-Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades-Universidad de Guadalajara, núm. 6, primavera-verano 2012, pp. 117-136. ISSN 2007-1140

Resumen[1]
De un tiempo a la fecha ha aumentado el interés entorno a las publicaciones femeninas, quizá como parte de una nueva metodología en los estudios sobre las mujeres, tal vez como una necesidad de utilizar nuevas fuentes historiográficas. Dentro de estos distintos tipos de abordajes se ha desatado una serie de interrogantes en materia educativa que nos han permitido saber por qué las mujeres no tuvieron el mismo acceso que los hombres a la instrucción superior. A finales del siglo XIX, La Mujer Mexicana fue la primera revista editada por universitarias y preocupada por difundir su ideario entre las mujeres de diferentes estratos sociales a través de discursos feministas que abogaban por la emancipación en materia educativa.

Abstract
From time to time, the interest in publications around women has increased, perhaps as part of a new methodology in studies on women, perhaps as a need for new historical sources. Within these different types of approaches it have been unleashed a series of questions on education that have allowed us to know why women did not have the same access as men to higher education. In the late nineteenth century, La Mujer Mexicana was the first magazine published by college women and concerned to spread its ideology among women from different social strata through feminist discourse that advocated emancipation in education.

Palabras claves
Domesticidad, Igualdad, Maternidad, Feminismo, Colectividad

Introducción
La investigación que presento a continuación hablará del debate suscitado a raíz de la inscripción de las primeras mujeres a los estudios profesionales. La aparición en escena de la odontóloga Margarita Chorné, titulada en 1886, abrió la puerta a otras tantas jóvenes que vieron en la instrucción universitaria una nueva forma de vida. Aprobaciones y desaprobaciones se hicieron sentir en la opinión pública de la época, que apoyaba o criticaba severamente la incursión femenina en la esfera universitaria, sitio exclusivamente masculino hasta ese momento.
Esa primera generación de mujeres profesionistas, junto con una anterior de intelectuales defensoras de los derechos femeninos, fundaron en 1904 la primera revista feminista[2] en la ciudad de México. Editada por “señoras” y “señoritas”, La Mujer Mexicana (1904-1907), título de la publicación, subsistió durante tres largos años, en los cuales sus articulistas abogaron por una educación que permitiera a las mujeres acceder a la modernidad y al progreso nacional y también lucharon por la reivindicación de sus derechos civiles; sus ideales llegarían a culminar con la creación de la Sociedad Protectora de la Mujer, fundada en 1905, en defensa de sus congéneres.
            Las demandas y logros de esta colectividad serán tema de interés en las siguientes páginas, por ello deseo abordar, por un lado, la historia de la publicación en cuestión y por el otro, la educación femenina durante el siglo XIX. Mi principal interés estará puesto en las publicaciones femeninas como medio de instrucción y difusión de ideas, así como en el discurso feminista que buscaba la emancipación por medio de la educación y en los conceptos de masculinización, domesticidad, igualdad, maternidad y trabajo que se discutieron en las páginas de dicha revista.

Si el porvenir de la mujer es casarse… ¿para qué estudiar?
Si la mujer era el escaparate del marido, no se necesitaba que recibiera una educación esmerada. La instrucción que se impartía en casa para las mujeres estaba relacionada con el aprendizaje de las normas establecidas para comportarse en sociedad. Ejemplo de ello es la obra La Quijotita y su prima, del literato mexicano José Joaquín Fernández de Lizardi,[3] tratado moral que proponía fórmulas pedagógicas para la correcta orientación de las hijas. En ella el Pensador Mexicano subrayaba la importancia de la educación en el hogar, la cual enseñaba a las jovencitas las normas fundamentales sobre el matrimonio y la maternidad. A su vez, reconocía que las mujeres estaban dotadas de un intelecto que se debía desarrollar, claro está, sin rebasar el límite establecido, añadiendo: “yo estoy muy lejos de persuadir que se hagan las mujeres estudiantes. A la verdad que no han nacido sino para ser esposas y madres de familias. En sabiendo cumplir con estas obligaciones, seguramente serán mujeres sabias en su clase y utilísimas a la sociedad”.[4] Por supuesto, un sector mayoritario de la población compartía sus ideas.
            En la primera mitad del siglo XIX, las costumbres hogareñas eran más bien conservadoras, pues las corrientes de pensamiento avalaban la doctrina católica como fuente de conocimiento, despreciando “la conveniencia de la instrucción académica y humanística”;[5] la mujer no necesitaba de “una instrucción especializada para desempeñar debidamente su papel maternal, puesto que su función no era la de enseñar una carrera científica a sus hijos. Sus funciones magisteriales se reducían a ser modelo, a ser imitada sólo en las virtudes, a repetir lo que ella misma había aprendido, ‘una especie de libro donde ellos lean constantemente’”.[6] En ese punto la educación femenina difería de la masculina: ellas inculcaban el saber moral y religioso, mientras que ellos se encargaban de la razón, de los conocimientos exactos. ¿Para qué querría una mujer adquirir ese tipo de erudición?
            La proliferación de revistas femeninas dan cuenta del interés que se tenía por encaminar correctamente a las mujeres, pues la mayor parte de sus artículos eran pedagógicos. El inexistente sistema escolarizado a principio del siglo XIX convirtió a periódicos y revistas en un medio de información y educación indispensable para las que deseaban cultivarse, pero también fueron la mejor plataforma para aquellas opiniones en contra del avance de su instrucción. Por ejemplo, hacia 1848, en la Revista Científica y Literaria se afirmaba que “la educación de la mujer no [debía] ser científica, ni profesional. Su corazón [debería] ser ante todo formado con toda escrupulosidad, y para esto no [había] mejor mano que la de una madre”. Indignado, el autor continua diciendo: “si queremos hacer de la mujer un personaje pedante, propio sólo para empalagar a los que tengan la desgracia de acercársele, este es el camino más breve; porque yo no conozco nada más fuera de su lugar, que una boca de púrpura, [con] una indigesta erudición”.[7]
            Al mismo tiempo, existió otro grupo de opinión en el cual se insertaban hombres y mujeres preocupados por la emancipación educativa del denominado sexo débil. En el Semanario de las Señoritas Mejicanas de 1841 se leía: “Es evidente, pues, la necesidad que hay de reformar el sistema de educación de las mujeres en nuestra República. Mientras ellas permanezcan extrañas a las ocupaciones de sus padres, hermanos, maridos o hijos, es de temerse que vivirán en un aislamiento fastidioso y perjudicial a los progresos del arte, de las ciencias y de la dulzura de las costumbres”[8].
Ya desde la década de los veinte del siglo XIX algunas mujeres apelaban al gobierno por el establecimiento de escuelas femeninas en las cuales pudieran recibir una instrucción esmerada que les permitiera convertirse en buenas esposas y madres. Ese sería el principio de la revolución educativa femenina, de aquí en adelante se fueron librando los obstáculos, hasta alcanzar la anhelada profesionalización; sin embargo, tardó todo un siglo en verse los resultados.

Para que el mundo avance, habrá que educar a la mujer.
La historiadora Lourdes Alvarado asegura que, a lo largo del siglo XIX, se pugnaba “por transitar de la antigua educación cristiana que hasta entonces había predominado en la formación de las mexicanas, a una nueva propuesta. Ésta debería dotar a las mujeres de una educación cívica de corte republicano impregnada del espíritu laico que a capa y espada se intentaba imponer desde la cúpula del poder”.[9] Gracias al pensamiento liberal de algunos pensadores y políticos, se lograron algunos avances en la trayectoria educativa de las mexicanas.
            Con el fin de fortalecer la unidad familiar, preámbulo del deseado progreso, se dieron los primeros pasos para integrar al género femenino a la escuela laica, al conocimiento útil y al saber científico. Fue así como las jóvenes capitalinas empezaron a ser incluidas en los planes educativos oficiales de nivel secundario a partir de 1868, brindándoseles una instrucción considerada superior a la de tipo elemental que existía para ellas desde la Colonia. El hecho era particularmente novedoso, a tal grado que en el estudio de Alvarado, La educación ‘superior’ femenina…, se indica que entre 1891 y 1900 el número de alumnas en la Escuela Nacional Preparatoria fue aumentando progresivamente hasta alcanzar la cifra de 58 jóvenes inscritas y, aunque la mayoría no permanecieron más de dos años en sus instalaciones, existieron también las perseverantes que alcanzaron el diploma y un grado profesional.[10]
No fue sino hasta 1887, cuando Matilde Montoya[11] se convirtió en la primera mujer que obtuvo el título de medicina en la Ciudad de México. Además, entre 1886 y 1898, se graduaron las primeras cirujanas y abogadas del país, como fue el caso de María Asunción Sandoval de Zarco,[12] que presentó su examen profesional en 1898 en la Escuela Nacional de Jurisprudencia. Uno de los ministros de Instrucción Pública del Porfiriato, José Díaz Covarrubias,[13] afirmaba que de las carreras profesionales para mujeres en el siglo XIX, las predominantes eran la obstetricia y la enseñanza, mismas que la mayoría de las veces se ejercían sin título profesional. Sin embargo, en un artículo sobre las pioneras de las carreras liberales, Lourdes Alvarado indica que entre 1880 y 1900 se expidieron 39 títulos profesionales en diversas áreas, de los cuales 28 correspondía a medicina, 6 a farmacia, 2 a derecho y 3 a ingeniería, telegrafía y notaría. [14] Estas cifras nos demuestran que, con el paso del tiempo, las mexicanas se fueron abriendo brecha en un mundo hasta entonces considerado como totalmente masculino.


¡Hágase la luz! La lectora de revistas femeninas
Viendo estas cifras suponemos por qué algunas mujeres se interesaron por defender su derecho a la educación y, sobre todo, su deseo de alcanzar un título profesional como cualquier estudiante universitario. Como pudimos observar en párrafos anteriores, la aparición de una instrucción profesional para las mujeres se dio hasta la segunda mitad del siglo XIX; antes de a esta época la mayor parte de ellas sólo tenían acceso a conocimientos útiles y prácticos que, si no adquirían las más afortunadas a través de la madre o de un tutor, lo hacían por medio de la prensa. Por supuesto, estamos hablando de un sector determinado de la población femenina, el cual se caracterizaba por largas horas de ocio y recursos económicos suficientes para comprar dichas publicaciones. La “escritura femenina” y el “tiempo libre” se convirtieron en un sistema de expresión, arma que después se tradujo en la construcción de una identidad de género. De hecho, la escritora Lilia Granillo afirma que aquellas que tuvieron la oportunidad de ser publicadas lo lograron gracias a que se ajustaron a los cánones literarios de la época, traducidos en “cosas amenas y agradables para las mujeres”.[15] En las sociedades industrializadas decimonónicas cada vez que había periodos de paz, el ocio se manifestaba como un sinónimo de modernidad para una clase determinada, pues lo que para la burguesía se traducía en tiempo libre, para el pueblo era sinónimo de vagancia. Estos momentos de conciliación también significaron una oportunidad de expresión escrita femenina, por lo que fue lógico que durante el Porfiriato, etapa de relativa paz, el número de publicaciones periódicas dedicadas y escritas por mujeres se multiplicaran.
La mayor parte de los autores consultados nos hablan de dos etapas decisivas en la historia de la prensa femenina en México: por un lado encontramos las décadas de 1830 a 1850, en las cuales aparecieron publicaciones que trataron de instruir a la mujer por medio de consejos útiles, deseando que se convirtiera en buena esposa y madre ejemplar, a través de la literatura, la ciencia, la historia y el arte… todas publicaciones enfocadas al entretenimiento del bello sexo e interesadas por el desarrollo de sus capacidades físicas e intelectuales.
Por otro lado, se localizan las publicaciones inauguradas en los últimos años del siglo, dirigidas y redactadas por mujeres. En su mayoría, estas obras brindaron especial atención a la literatura y al ensayo de opinión, donde se abordaban principalmente temas relacionados con la identidad femenina, consejos domésticos y el papel social de la mujer.[16] Existe otro grupo de especialistas que nos habla de la participación femenina durante los primeros años del XIX, en la cual intervinieron como lectoras y, raras veces, como escritoras de algunos artículos dedicados a sus congéneres en publicaciones de divulgación general.[17] En esta primera etapa ya se empezaba a notar la presencia de la educación como un tema de discusión, donde se abogaba por una instrucción formal para las mexicanas.
La intención de todas las publicaciones periódicas dedicadas a las mujeres era captar su atención como público lector, a fin de que por medio de sus páginas pudiesen instruirse y entretenerse con lecturas “acordes con el gusto femenino”, que se encontraba estrechamente relacionado con el desempeño de su papel doméstico y moral. Por ese motivo, entre sus páginas se ofrecían secciones literarias, musicales, artísticas, religiosas, históricas, de belleza y hasta científicas.[18] Este nuevo pasatiempo poco a poco permitió la sociabilidad del sector femenino.
Sabemos que este fenómeno no sólo se dio en México: de hecho, Martín Lyons y Roger Chartier, aseguran que durante el siglo XIX en casi toda Europa surgió una revolución cultural que involucró a nuevos sectores de la población, entre los cuales se encontraban las mujeres. Lyons enfatiza que estas publicaciones “fomentaron la difusión de cierta subcultura propia del público femenino”,[19] convirtiendo a las novelas, los libros de cocina, las revistas de moda y algunas literarias en un pasatiempo mal visto, pues ninguna mujer debía descuidar sus obligaciones domésticas por ese tipo de entretenimiento. Lyons nos habla de una clara relación entre clase y afición a la lectura, pues comenta que la mayor parte de los sectores sociales tenían restringido lo que podían leer; tanto las lecturas de las trabajadoras como las de las aristócratas debían ser supervisadas por los hombres. Las primeras, para que no adquirieran conocimientos políticos que les permitiera asociarse en pro de sus derechos laborales y, las segundas, para que no alentaran sus deseos de libertad. Sin embargo, existió otro grupo que llegó a adquirir grandes beneficios de esta revolución cultural: las mujeres de clase media, quienes tuvieron la posibilidad de evadir la restricción e incluso convirtieron a las bibliotecas públicas en parte de su esfera doméstica.[20]
            La libertad intelectual que fue adquiriendo la mujer de esta clase se unió a las posibilidades económicas y de instrucción de sus congéneres de las clases acomodadas, lo cual les facultó para convertirse en el grupo pionero que intervino en la edición y redacción de las publicaciones dedicadas a las de su mismo sexo durante la República Restaurada y el Porfiriato en México.
            Las “nuevas categorías de lectores”, término acuñado por Chartier,[21] dieron una innovadora dimensión al mercado de las publicaciones y abrieron un campo de interés para las mujeres que les gustaba expresarse por medio de la escritura. Durante ese siglo, esta disciplina les brindó una subsistencia digna, pues era mejor ganarse el pan por medio de la pluma que a través de otras actividades que pudieran denigraran su integridad y pudor. Su entrada al mundo público y los primeros principios de igualdad con el sexo opuesto permitieron a las mujeres que gozaban de una mayor instrucción abrirse paso en el mundo de las letras. Esta nueva forma de expresión les dejó abogar por sus derechos, empezar a hablar de los principios de emancipación ya acuñados en otros países y, principalmente, conformar una colectividad que empezó a ver por ellas mismas, asumiendo su individualidad dentro de la sociedad. La Mujer Mexicana, se convertiría en una de esas voces de difusión.

En pro de la intelectualidad y la perfección
En 1904 salió a luz pública La Mujer Mexicana que, en palabras de la escritora Anna Macías, fue la primera revista de corte feminista que se editó en el país, pues gracias a esta se desarrolló un incipiente feminismo.[22] Su lema indicaba que estaba dirigida, redactada y sostenida por “señoras” y “señoritas”. De hecho, en los tres años de su existencia, 59 mujeres colaboraron en sus páginas.[23] Todas ellas luchaban a favor de la ilustración femenina a través de “artículos netamente originales”[24] que hablaban de ciencias naturales, sociales, literatura y variedades.
            La historiadora Lucrecia Infante comenta que sus páginas fueron un punto de contacto entre las mujeres que habían colaborado en revistas previas, como fue el caso de El Álbum de la Mujer y Violetas de Anáhuac y que, por ese motivo, sus artículos intentaron retomar demandas expuestas en esas publicaciones. Por otra parte indica que, a diferencia de las anteriores, La Mujer Mexicana le dedicó poco espacio a la literatura, pues su principal preocupación era atender las demandas civiles y sociales que pugnaban por mejores condiciones laborales, la reforma del Código Civil de 1884, que toleraba la poligamia y negaba a las mujeres el derecho a disponer de sus propiedades personales, y la difusión de las nuevas posibilidades de acceso a una mayor instrucción femenina.[25]
            La revista se convirtió en un vínculo entre las redactoras y un público lector muy específico, pues en su artículo inaugural la maestra normalista Dolores Correa Zapata,[26] directora de la publicación para ese año, le hablaba a la mitad de la humanidad, a las mujeres que tenían la posibilidad de convertirse en jueces o médicos en pro del progreso humano. Esas personas debían estar auxiliadas por un solo poder: la prensa. El grupo de Correa pretendía reclamar el reconocimiento de su lugar como mujeres dentro de esa humanidad; ese fue “el deber y el derecho de la mujer mexicana, para la cual fundamos esta publicación” —decía Correa.[27]
            Habrá que destacar que la autora se refería al término mujer como un todo al momento de escribir su discurso, pues reconocía a la mujer mexicana como parte activa de la sociedad a través de las profesoras, las madres intelectuales, las viudas, las heroínas y las jovencitas que aun se encontraban en sus abriles. Al final del texto invitaba a las mujeres a unirse al progreso del país; esa perspectiva patriótica que subyace en el discurso del artículo se verá plasmada posteriormente en las biografías de mujeres profesionistas que se publicaron en la revista a lo largo de sus números y evidenciaron su lucha en pro de una igualdad educativa que, para la época, “era un sinónimo inequívoco de progreso”.[28]
            Dolores Correa invitaba a sus lectoras a ampliar sus horizontes pues confiaba en que su clara inteligencia les permitiría tener “un ideal para mañana”, “un fin en nuestras vidas”.[29] En todas sus publicaciones, intentaba promover la superación de las mexicanas a través de una educación científica y cívica adecuada y, principalmente, por medio de la prensa que, para ella, era el más poderoso auxiliar de la instrucción femenina. “Correa se distinguió como una luchadora que pugnó por inculcar a las mujeres de su tiempo distintas perspectivas, valores y condiciones de vida”;[30] sin embargo, muchas de sus ideas, como las de sus compañeras, se batieron entre los viejos y los nuevos principios de su tiempo.
            Una de las más importantes metas de la revista era dignificar el trabajo de la mujer. En un artículo por entregas, Manuela Contreras[31] enfatizaba su preocupación por las críticas suscitadas en contra de la entrada de las mujeres al mundo público a través del trabajo asalariado. Tanto “el temor de perder la compañía del hogar” como el “encontrar un rival para el trabajo” fueron los puntos a discutir en el texto. La autora defendía la domesticidad de la mujer trabajadora y negaba que pudiera perder sus cualidades maternales, pues en sus propias palabras argumentaba que este modelo femenino: “sabrá educar a hijos menos afeminados y compartirá con el hombre todo lo que constituye su medio, es decir, será su compañera moral e intelectual”. Esta última idea nos indica que en el artículo de Contreras se encontraba presente el discurso de igualdad entre los sexos, en el cual las mujeres se colocaban a la par que los hombres en inteligencia, aunque conservando el ideal de domesticidad femenina por medio de su papel como esposa y madre. Y lo confirma con la siguiente frase: “No, señores, la mujer será siempre mujer; el amor la hará doblegar a su voluntad hacia el ser amado, y la esposa y la madre serán siempre cumplidas para el hogar y para los hijos; una cosa es el sentimiento y otra la defensa, el aprovisionamiento en la lucha por la existencia”. [32]
            La propuesta de Contreras era que la mujer se igualara al sexo opuesto en derechos, más no que se masculinizara, ya que el poder intelectual no debilitaba su papel como madre y esposa, pues no deseaban abandonar sus roles, sólo modificarlos para luchar por su manutención económica. Posteriormente, la autora indicaba que para ella el feminismo no era “el abandono de las gracias naturales y características de la mujer. La emancipación de la mujer consiste en la educación de todas sus facultades que la hagan apta para subsistir por sí sola, en caso necesario; en el ámbito del trabajo, ese gran lábaro de toda sociedad”. Por tanto, la forma más sencilla para alcanzar la libertad intelectual estaba íntimamente relacionada con la independencia económica, más no con la pérdida de las virtudes que caracterizaban a la feminidad.
            Además, abogaba porque las mujeres pudieran casarse a una edad más avanzada, después de haber cursado una educación consistente y para que, a partir de los 20 años, empezaran a considerar el matrimonio como parte de su porvenir. Por otro lado, planteaba el problema de las necesidades económicas de viudas y solteras, así como de las mujeres de clases baja y media, que debían trabajar para apoyar al gasto familiar. Para ella, sólo había una solución posible: la emancipación femenina a través del hogar y la educación, binomio perfecto de la ideología de la revista. Una educación “sólida y práctica” les permitiría ubicarse a la par del hombre y, de esta manera, tener “abierta la puerta al progreso para esa mitad del género humano”.[33]
            Las colaboradoras de La Mujer Mexicana proponían luchar a favor de una instrucción igualitaria que respondiera a los criterios de la época y empatara con el cuidado del hogar. Esther Huidobro,[34] una de las articulistas, fue más lejos al acusar a los hombres de detener el avance de sus congéneres haciéndolas parecer, a la larga, desprovistas del pudor y timidez característicos de su sexo y ocupando completamente los roles antes destinados a los varones. Es evidente que los discursos asumidos como femeninos sufrieron un cambio durante el Porfiriato, pues Huidobro exponía que dicho avance debió servir para que la mujer no se sintiera inferior e incapaz. Esta última idea es una clara defensa de la diferenciación entre hombres y mujeres y, al mismo tiempo, un intento por individualizar la existencia femenina, independizándola del poder masculino.
La mayor parte de las mujeres de este grupo editorial empezaron a darse cuenta de que pugnar por la igualdad de sus derechos educativos no eliminaba la posibilidad de luchar en pro de un feminismo diferenciador que hiciera valer su distinción natural como sexo. De hecho, varios de los artículos de la revista que abordan el problema educativo eran optimistas al comentar que la mujer mexicana estaba luchando en contra del oscurantismo académico, al que se veía sometida.
Otra de sus articulistas acusaba a los “gratuitos enemigos” que “suponen que la mujer que maneja la pluma y ha abierto sus ojos a la aurora de la ciencia, tiene, necesariamente, que abandonar su hogar”[35] y aseguraba que ellas no eran marimachos incapaces de cuidar de los suyos. Los “enemigos” que las atacaban fueron, por un lado, “hombres instruidos” que pensaban que las mujeres eran inferiores y, por otro, otras “damas ignorantes” que temían la pérdida de las dotes femeninas. La autora proponía incluso que se unieran y se prestasen ayuda las unas, instruidas, a las otras, desamparadas, aclarando que su idea no era que abandonaran los cuidados del hogar, “su santuario y refugio”, sino que demostraran a la sociedad que su tarea era aún más difícil, pues para esos momentos deberían conjuntar su papel de madres con el de profesionistas o bachilleras.
Esta lucha se sintetizó en dos importantes ideas: en primer lugar se encontraba la creación en 1905 de la Sociedad Protectora de la Mujer, asociación feminista que buscaba su perfeccionamiento físico, intelectual y moral, así como el cultivo de las artes, la industria y el auxilio mutuo de sus miembros.[36] Esta colectividad se propuso proteger a sus contemporáneas más desfavorecidas, asumiendo un rol cercano a la maternidad social, por medio del establecimiento de una escuela donde se preparara a costureras y sombrereras.[37] Por lo visto, para las colaboradoras de la revista, la instrucción que se debía impartir a las mujeres dependía de su estrato social pues, en el caso de este plantel, sus educandas sólo podían aspirar a una instrucción técnica que les abriera paso en el campo laboral.
En segundo lugar vemos cómo a partir de este feminismo doméstico, como he decidido nombrarlo, se promovió un nuevo ideal femenino, denominado la mujer perfecta, término acuñado por la escritora Laureana Wright[38] en Violetas de Anáhuac y retomado por La Mujer Mexicana para definir como se deberían concebir las mujeres a principios del siglo XX. Pero ¿qué necesitaban las lectoras para llegar a esa perfección? Wright lo resume en los siguientes términos: “fuerza de voluntad, valor moral, amor a la instrucción y, sobre todo, amor a sí misma y a su sexo, para trabajar por él, para rescatarle de los últimos restos de esclavitud que por inercia conserva”.[39] Su postura era tan clara que, incluso, llega a decirnos cómo se podían adquirir esas características, pues a través del cultivo del alma, de la inteligencia y del corazón se podía “derramar la luz sobre las generaciones venideras y combatir osadamente contra las pequeñeces, rutinas, manías, aberraciones, errores y frivolidades que a manera de entretenimiento se le han proporcionado”[40] a la mujer. La única forma de luchar contra aquellos defectos era por medio de la instrucción, por supuesto, según las posibilidades y deseos de cada una de ellas.
Estoy segura que estas mujeres creían que la educación proporcionaría un nuevo cambio en sus vidas y permitiría la emancipación de sus ideas a través de los postulados que se fueron proponiendo a lo largo de las páginas de la revista. La publicación analizada promovió este modelo femenino a través de las biografías de una serie de mujeres profesionistas, que, en su mayoría, dedicaron su vida a la familia y a su carrera, ya fueran maestras o abogadas. De esta forma, traspasaron los límites permitidos por el mundo público, no para masculinizarse sino para formar parte de una modernidad emergente, asumiendo un nuevo papel en la sociedad. A partir de ese momento fueron adaptando su función como esposas, madres y trabajadoras, utilizando la “escritura pública” en defensa de sus derechos.
La revista trató de evidenciar que el magisterio, la medicina e, incluso en ocasiones, el derecho, no rompían con el ideal de domesticidad, pues el hecho de ejercer una carrera no implicaba que dejaran de ser femeninas porque ellas tenían en sus manos la “fuerza creadora” y, por tanto “el porvenir de la humanidad”.[41] Así es que no sólo debían exigir el derecho a la instrucción, sino también tenían la obligación de impedir que la ignorancia obstruyera el paso de la razón, que para esos momentos comenzaba a percibirse como un deber cívico, puesto que serían las formadoras de los futuros ciudadanos.

Consideraciones Finales
Para este pequeño sector de mujeres la educación, más allá de los límites permitidos, significó un cambio que les permitió asumir nuevos roles. La clara necesidad de independencia en algunos de estos escritos, expresan una primera etapa feminista en México, la cual hemos denominado feminismo doméstico, pues la igualdad intelectual compartida con el sexo opuesto no se interponía a la lucha por sus derechos individuales. Este grupo de mexicanas abogaron por estos principios feministas, no sin antes recordar a sus lectoras que así como podían ejercer una profesión, también estaban obligadas a seguir cumpliendo con su deber como esposas y madres. A nuestro parecer, este cambio es sustantivo, pues sentó las bases necesarias para la creación de nuevos discursos que comenzarían a imperar a lo largo del siglo XX, tales como la ciudadanía diferenciada o la maternidad social.
Dolores Correa y Laureana Wright pugnaron por el derecho femenino a una instrucción universitaria que brindara a la mujer una mayor libertad de acción, decisión y pensamiento, es decir, independencia. La prensa fue el medio por el cual pudieron expresarse y enseñar y/o aprender de sus semejantes. Este nuevo modelo de perfección propuesto por Wright y retomado por la revista, no sólo nos muestra el reconocimiento de la inteligencia femenina complementada con el deber ser, sino también de un pequeño rompimiento entre la tradición y la modernidad.
La representación de la mujer perfecta encarnó justamente esta transición, pues siguió formando parte de la esfera privada y sentimental, a través del cuidado de los hijos y la atención al marido, pero también tuvo la oportunidad de acceder al mundo público y racional de los hombres, por medio del trabajo y la instrucción más allá de las primeras letras. Es posible que al impulsar este cambio, las colaboradas de la revista tuvieran la necesidad de exponer sus demandas en pro del feminismo doméstico, lo que nos indica que para ellas la prensa no fue tomada como un simple entretenimiento, sino como una forma de expresión, pues gracias a ésta pudieron hacerse oír y externar sus demandas a nivel social. Sin embargo, en la práctica, la mayor parte de estas mujeres no pudieron alcanzar el ideal de perfección expuesto por Laureana Wright.
Este nuevo ideal femenino fue el mejor pretexto para iniciar una denuncia pública a favor de una educación más avanzada para las mujeres. A través de La Mujer Mexicana, las articulistas dieron a conocer sus demandas y, sobre todo, defendieron su derecho a la instrucción, no sólo profesional, sino también a otros niveles. Por otra parte, cabe señalar que este discurso de género hace notar una notable diferencia de clase, pues a lo largo de las páginas de la revista se hace evidente que la instrucción brindada a las mexicanas no debía ser igual para todas, pues el nivel educativo al que podían aspirar se encontraba estrechamente relacionado con sus necesidades económicas. Por ese motivo, las colaboradoras de dicha revista propusieron que las pertenecientes a los sectores populares tuvieran una instrucción técnica que les permitiera desenvolverse rápidamente a nivel laboral y así, colaboraran con el sustento de sus familias, mientras que las otras mujeres, las de medianos recursos, participaran en la consolidación del progreso nacional por medio de una profesionalización intelectual.
Las opiniones vertidas en la publicación objetaban los límites establecidos a la instrucción femenina y, aunque no lograron del todo modificar su situación, las demandas expuestas a lo largo de sus páginas permitió a sus escritoras utilizar  la educación como bandera para conquistar nuevos espacios dentro de la convivencia familiar y proponer otras tantas soluciones a una serie de problemas que aquejaban al sexo femenino, como fueron el derecho al trabajo, la libertad de conciencia, o bien, la propia emancipación. Por tanto, la profesionalización intelectual presentada por este grupo de mujeres intentó contribuir a la dignificación de la mujer mexicana dentro y fuera del hogar.


Referencias bibliográficas
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[1] La frase emana de la lectura hecha al artículo “El destino de la mujer” de Agustín Rivero y publicado en la Revista Científica y Literaria de 1846.
[2] En este caso el término feminismo será empleado como una teoría social que se ocupa de definir tanto las diferencias como las igualdades entre hombres y mujeres.
[3] Fernández de Lizardi fue y sigue siendo uno de los literatos mexicanos más notables de su época. Nacido en 1776 en la ciudad de México, fundó, en el año de 1812, su primer periódico: El pensador Mexicano; de ahí el por qué de su seudónimo. Su lucha intestina en pro de la insurgencia y las críticas constantes al gobierno hicieron que su obra fuera fecunda, al tratar de hacerse oír en la mayor parte de los géneros literarios como la poesía, la fábula, la folletería, el periodismo y la novela, entre otros. Como novelista, Lizardi inauguró la comedia de costumbres en composiciones con fines educativos y moralizantes, tales son los casos de El Periquillo Sarniento (1816) y La Quijotita y su Prima… (1819). Fernández de Lizardi, La Quijotita y su prima, pp. VII-XIX; Alboukrek, Diccionario de escritores, pp. 117-119.
[4] Fernández de Lizardi, La Quijotita y su prima, p. X.
[5] Staples, “Diversiones femeninas”, p. 41.
[6] Torres Septién, “La educación informal”, p. 120.
[7] Tuñón, El álbum de la mujer, pp. 65-66.
[8] Tuñón, El álbum de la mujer, p. 249.
[9] Alvarado, La educación ‘superior’ femenina, p. 301.
[10] Alvarado, La educación ‘superior’ femenina, p. 267.
[11] Matilde Petra Montoya nació en la ciudad de México el 14 de marzo de 1857; su madre, Soledad Lafragua, la impulsó para que alcanzara un grado profesional. Aunado a ello, las ambiciones de la jovencita la llevaron a adquirir el título de médico cirujano. Se cuenta que llegó a tener un enorme prestigio y una vasta clientela al recibirse como partera a tal punto que, en Puebla, lugar de su residencia, sufrió la oposición de los médicos, quienes la calumniaron y difamaron, obligándola a abandonar dicha ciudad para ir a radicar a Veracruz. Aunque pudo volver a la capital de la República y continuar sus estudios hasta titularse en 1887, algunos sectores de la sociedad siguieron considerándola un peligro. Gracias a su tesis, la Escuela Nacional de Medicina instituyó una nueva cátedra y especialidad titulada Bacteriología. Ejerció su carrera hasta que los achaques de la vejez le obligaron a abandonarla a los 73 años de edad. Poco tiempo después, en 1938, falleció en el barrio de Actipan, municipio de Mixcoac. Sobre la vida de Montoya se puede consultar a Wright, Mujeres notables mexicanas, pp. 529-534; Alvarado, “Matilde Montoya”, pp. 70-74; Carrillo, Matilde Montoya, entre otras obras generales.
[12] Nacida en la ciudad de México, Sandoval ingresó a la Escuela Nacional de Jurisprudencia en 1892 y siete años después de haber obtenido el título de abogada, empezó a ejercer su oficio penal defendiendo, principalmente, a algunas mujeres en los tribunales. Es posible que haya colaborado de forma económica para la creación de la revista La Mujer Mexicana, puesto que formó parte de su consejo editorial y fue presidenta de la mesa directiva de la Sociedad Protectora de la Mujer más no articulista. Hacia 1925participó como ponente en el Congreso Internacional Feminista. Para mayor información puede revisarse: Cano, “Género y construcción cultural”, pp. 236-241; Alvarado, “‘Abriendo brecha’”, pp. 16-17 (una nueva versión de este artículo se encuentra contenida en www.biblioweb.dgsca.unam/diccionariodehistoriadelaeducacionenmexico); Lira, “La primera abogada mexicana”; González Jiménez, “Dolores Correa Zapata”, pp. 34, 39, 43-44, 49.
[13] Abogado liberal nacido en Xalapa, Veracruz en 1842, fue diputado en varios periodos y ministro de Justicia e Instrucción Pública durante las presidencias de Benito Juárez y Sebastian Lerdo de Tejada. Gestionó el establecimiento de la penitenciaría y fue partidario de la educación laica, obligatoria y gratuita. Escribió La Instrucción Pública en México en 1875 y tradujo el Tratado de Derecho Internacional del alemán Bluntschill, que sirvió como libro de texto durante varios años a la Escuela Nacional de Jurisprudencia. Murió en la ciudad de México en el año de 1883. Diccionario Porrúa, v. 1, p. 896.
[14] Díaz Covarrubias, La instrucción pública en México, p. CXCI; Alvarado, “‘Abriendo brecha’”, pp. 13-14.
[15] Granillo Vázquez, “Escritura femenina y tiempo libre”, p. 30.
[16] A continuación se presentan diversos artículos sobre la prensa femenina en México: Ruíz Castañeda, “La mujer mexicana”, pp. 207-221; Hernández Carballido, “La prensa femenina en México”, pp. 47-62; “Toward a history of women’s”, pp. 173-181; Rodríguez Arias, “Del Águila Mexicana a La Camelia”; Infante Vargas, “De lectoras y redactoras”, pp. 183-194.
[17] Para mayor información sobre el tema consultar: Hernández Carballido, “Las pioneras”, pp. 45-47; Alvarado, “La prensa como alternativa educativa”, pp. 267-284; Pereda, “De las ‘damas melindrosas’”, pp. 160-180.
[18] Rodríguez Arias, “Del Águila Mexicana a La Camelia”, p. 357.
[19] Lyons, “Los nuevos lectores”, p. 482.
[20] Lyons, “Los nuevos lectores”, p. 487.
[21] Chartier, “De la historia del libro”, p. 28.
[22] Macías, Contra viento y marea, p. 34.
[23] Infante Vargas, “Ideas, tinta y papel”, pp. 65-74.
[24] Anuncio publicado en 1905 promoviendo la revista, citado en Infantes Varga, “Ideas, tinta y papel”, p. 64.
[25] Macías, Contra viento y marea, pp. 36-37.
[26] Dolores Correa Zapata nació en Teapa, Tabasco, el 23 de febrero de 1853. Muy joven dirigió, junto con su madre, el Colegio María, pero sus problemas de salud la obligaron a trasladarse a la capital donde presentó el examen para titularse como profesora de instrucción secundaria en 1884. Su llegada a esta ciudad le permitió participar en una antología elaborada por Vicente Riva Palacio y Manuel Altamirano con algunos poemas. Un año más tarde, Correa se vinculó con el grupo de trabajo que editaba la revista Violetas del Anáhuac, contribuyendo con algunos textos. Sus primeros escritos acerca de la educación fueron publicados en la revista que dirigió su hermano Alberto y Félix F. Palavicini llamada La Miscelánea del Pueblo. Ingresó a trabajar en la Normal de Profesoras en 1889, primero como bibliotecaria y después como subdirectora de la primaria anexa a la Normal. También fue maestra de la materia Economía Doméstica en la misma institución, clase que impartió durante catorce años. Publicó varios libros y poemas, a su vez fue articulista en algunos periódicos de la República, la mayor parte de ellos vinculados con la instrucción pública. Por problemas de salud, Dolores dejó la dirección de La Mujer Mexicana en 1905. En sus últimos años de vida, se dedicó a escribir un libro de texto para la Primaria de Obreras, hasta que la muerte la alcanzó en 1924. González Jiménez, “Dolores Correa Zapata”; Alvarado, “Dolores Correa Zapata”, manuscrito.
[27] Correa Zapata, La Mujer Mexicana, 1º de enero de 1904, primera plana.
[28] Cano, “Género y construcción cultural”, p. 230.
[29] Correa Zapata, La Mujer Mexicana, 1º de enero de 1904, p. 1.
[30] Alvarado, “Dolores Correa Zapata”, p. 24.
[31] Egresada de la Normal de Jalapa como profesora de instrucción secundaria, Contreras fue maestra y directora de la primaria anexa a la Escuela Normal de Profesoras de la ciudad de México. También colaboró, hacia 1905, en la revista La Enseñanza Normal. González Jiménez, “Dolores Correa Zapata”, pp. 39-40, 49.
[32] Contreras, La mujer Mexicana, 1° de enero de 1904, p. 6.
[33] Contreras, La Mujer Mexicana, 1º de enero de 1904, p. 7.
[34] Esther Huidobro de Azúa fue una de las exalumnas más destacadas de Dolores Correa, sus estudios en la Escuela Normal de Profesoras le granjearon un puesto como profesora de primeras letras en la escuela primeria adjunta a dicho establecimiento, en el cual figuró también como subdirectora. A principios del siglo XX, fungió como vocal de la mesa directiva de la Sociedad Protectora de la Mujer y junto con Dolores Sotomayor, María Arias Bernal y Eulalia Guzmán organizó el Club Femenino Lealtad, que se opuso en 1908 a la reelección de Porfirio Díaz. En 1925 participó en el Congreso Internacional Feminista que se llevó a cabo en la Escuela de Ingeniería de la capital. González Jiménez, “Dolores Correa Zapata”, pp. 39-40, 43-44, 47, 49.
[35] G. de Joseph, La Mujer Mexicana, noviembre de 1906, p. 122.
[36] Cano, “De la Escuela Nacional de Altos Estudios”, p. 77.
[37] Macías, Contra viento y marea, p. 35.
[38] La escritora Laureana Wright González que nació en la ciudad guerrerense de Taxco en 1847, contó con una prolífica obra literaria y periodística. A partir de 1887 fue directora de la revista para mujeres Violetas de Anáhuac, también colaboró como redactora de El Álbum de la Mujer. Su defensa en pro de los derechos femeninos la llevó a escribir tres libros: La emancipación de la mujer por medio del estudio en 1891, Educación errónea de la mujer y medios para corregirla un año después y Mujeres notables mexicanas, publicado en 1910. Asimismo sus incursiones literarias no sólo le permitieron pertenecer a varios círculos intelectuales, sino que crear la Sociedad Literaria Hijas de Anáhuac. Wright murió a los 49 años de edad en 1896. Sobre el tema puede consultarse lo siguiente: Monges, “El género biográfico”, pp. 357-378; Infante Vargas, “De espíritus, mujeres e igualdad”, pp. 277-294; Alvarado, Educación y superación femenina.
[39]Alvarado, Educación y superación femenina, p. 120.
[40] Alvarado, Educación y superación femenina, pp. 120-121.
[41] Valle y David, La Mujer Mexicana, 1° de enero de 1904, p. 2.

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